El 18 de noviembre de 2025, el Sol se ocultó por última vez en Utqiagvik, Alaska, la ciudad más septentrional de Estados Unidos. Con este evento comenzó la llamada noche polar, un fenómeno astronómico en el que el Sol no vuelve a elevarse por encima del horizonte durante un periodo prolongado. En el caso de Utqiagvik, esta ausencia de luz solar directa se extiende por aproximadamente 65 días, hasta el 22 de enero de 2026.
La causa de este fenómeno no está relacionada con la distancia al Sol ni con variaciones locales del clima, sino con la geometría fundamental del sistema Tierra–Sol. Nuestro planeta posee un eje de rotación inclinado unos 23,5° respecto al plano de su órbita. Esta inclinación es la responsable de las estaciones del año y, en regiones situadas dentro de los círculos polares, da lugar a extremos de iluminación solar: el Sol de medianoche en verano y la noche polar en invierno.
Utqiagvik se encuentra muy por encima del Círculo Polar Ártico, a una latitud cercana a los 71° norte. Durante el invierno boreal, el hemisferio norte se inclina progresivamente alejándose del Sol. Como consecuencia, la trayectoria aparente del Sol queda completamente por debajo del horizonte, impidiendo su salida diaria. No se trata de una “noche” en el sentido cotidiano, sino de un periodo continuo sin amanecer solar.

Sin embargo, Utqiagvik no queda sumida en una oscuridad absoluta. Durante varias horas al día se produce una penumbra diurna conocida como crepúsculo civil, náutico o astronómico, dependiendo de la profundidad angular del Sol bajo el horizonte. La luz solar dispersada por la atmósfera genera un resplandor tenue que ilumina el paisaje con tonos azulados y rosados, especialmente alrededor del mediodía local.
Este tipo de iluminación tiene implicaciones importantes tanto para la vida cotidiana como para la biología humana. La ausencia prolongada de luz solar directa puede afectar los ritmos circadianos, el estado de ánimo y la producción de vitamina D, razón por la cual las comunidades árticas han desarrollado estrategias culturales, sociales y médicas para adaptarse a estos extremos estacionales.
Desde el punto de vista astronómico, la noche polar ofrece ventajas notables. La oscuridad prolongada permite observaciones continuas del cielo nocturno, siempre que las condiciones meteorológicas lo permitan. Fenómenos como auroras boreales, estrellas variables, cúmulos estelares y galaxias pueden estudiarse durante muchas horas consecutivas, algo imposible en latitudes medias.
El 22 de enero de 2026, el Sol volverá a asomarse brevemente sobre el horizonte de Utqiagvik, marcando el fin de la noche polar. A partir de ese día, la duración de la luz solar aumentará rápidamente, recordándonos que incluso en los rincones más extremos del planeta, los ciclos celestes siguen un orden preciso dictado por la física orbital.
La noche polar no es un fenómeno extraño ni excepcional: es una manifestación directa y elegante de la dinámica terrestre, una prueba cotidiana de que vivimos sobre un planeta inclinado que gira alrededor de una estrella, y de que la astronomía no solo se observa en telescopios, sino también en la experiencia diaria de quienes habitan los límites del mundo habitable.
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