Durante casi dos siglos, una franja oscura de polvo cósmico partió en dos la imagen de Centaurus A y ocultó todo lo que había debajo. Ahora, con las imágenes publicadas para celebrar el cuarto aniversario de operaciones científicas, el telescopio espacial James Webb ha atravesado esa barrera y ha dejado al descubierto el funcionamiento interno de una de las galaxias más singulares del universo cercano.
Una galaxia forjada en la violencia
Centaurus A, catalogada también como NGC 5128, se encuentra a unos 11 millones de años luz de la Tierra, en la constelación austral de Centaurus. Es la radiogalaxia más cercana a nosotros y una de las más brillantes del cielo. Su aspecto peculiar, un cuerpo elíptico atravesado por una banda gruesa y deformada de polvo, la ha convertido en un blanco favorito de los observatorios en todo el espectro electromagnético. Pero la historia que explica esa apariencia no tiene nada de tranquila.

Hace aproximadamente dos mil millones de años, Centaurus A engulló una galaxia espiral más pequeña. La fusión inyectó cantidades enormes de gas y polvo en el sistema, desató oleadas de formación estelar y canalizó material hacia el agujero negro supermasivo que acecha en el centro. Las cicatrices de esa colisión cósmica siguen visibles hoy, y la galaxia continúa procesando sus consecuencias.
Ojos infrarrojos donde la luz visible fracasa
Los observatorios anteriores tuvieron serias dificultades con la región central de Centaurus A. El telescopio espacial Hubble, pese a su legendaria capacidad de resolución, no logró penetrar las densas bandas de polvo que bloquean la luz visible. El telescopio Spitzer de la NASA, ya retirado, observó la galaxia en infrarrojo y reveló estructuras a gran escala, pero careció de la sensibilidad necesaria para resolver estrellas individuales en el núcleo.
El Webb cambia la ecuación por completo. Su cámara de infrarrojo cercano (NIRCam) atraviesa el polvo como si no existiera, descubriendo un campo estelar densamente poblado con millones de estrellas individuales, resueltas una a una a una distancia de 11 millones de años luz. La imagen resultante constituye uno de los censos estelares más completos jamás obtenidos para una galaxia activa a esta escala.

El enigma en forma de S
Cuando el instrumento de infrarrojo medio (MIRI) tomó el relevo, la galaxia mostró un rostro diferente. El mismo polvo que se desvanecía en el infrarrojo cercano ahora brilla en tonos rojos profundos y dorados, trazando filamentos intrincados, bucles y nubes de material caliente que se extienden por toda la región central. Entre estas estructuras destaca una formación inusual con forma de S, cuyo origen permanece sin esclarecer. ¿Fue esculpida por los torques gravitacionales de la antigua fusión? ¿Es el agujero negro activo el responsable? ¿Podría la formación estelar inducida por la colisión desempeñar algún papel? Las preguntas siguen abiertas y requerirán análisis espectroscópicos y fotométricos adicionales para ser respondidas.
Muchos de los puntos rojos brillantes en la imagen de MIRI corresponden a estrellas envueltas en polvo o a guarderías estelares, lugares donde estrellas envejecidas devuelven material al espacio o donde nacen nuevas estrellas. Este polvo representa la materia prima para futuras generaciones de estrellas y planetas, conectando el pasado violento de la galaxia con su evolución presente.
Un agujero negro que crea y destruye
En el corazón mismo de Centaurus A se encuentra un agujero negro supermasivo que se alimenta activamente de la materia circundante. Mientras acreta, lanza poderosos chorros relativistas que se extienden cientos de miles de años luz más allá de la galaxia, visibles en longitudes de onda de radio y rayos X y estudiados durante décadas. Los datos espectroscópicos del Webb añaden ahora una nueva dimensión a este panorama. El telescopio detectó gas ionizado moviéndose a alta velocidad, expulsado por la actividad del agujero negro, junto con hidrógeno molecular más caliente dispuesto en un disco alabeado y en rotación cerca del núcleo.
Este comportamiento dual ilustra uno de los enigmas centrales de la astrofísica moderna: la retroalimentación del núcleo galáctico activo (AGN). El mismo agujero negro puede comprimir gas y desencadenar formación estelar en algunas regiones mientras simultáneamente expulsa material y suprime el nacimiento de estrellas en otras. Centaurus A, por su proximidad y su alto nivel de actividad, ofrece un laboratorio singular para estudiar estos procesos en competencia con un detalle sin precedentes.

Cuatro años, mejor de lo esperado
La NASA eligió Centaurus A como protagonista de la publicación del cuarto aniversario del Webb, y la elección no es casual. Cuatro años después de que sus primeras imágenes científicas fueran presentadas al mundo, el telescopio continúa rindiendo por encima de sus especificaciones originales de diseño. La demanda de tiempo de observación sigue estando ampliamente sobresuscrita, reflejo de la confianza de la comunidad científica en sus capacidades.
Las imágenes de Centaurus A no son meramente conmemorativas. Demuestran que el Webb puede diseccionar una galaxia activa cercana estrella por estrella, filamento de polvo por filamento de polvo, revelando una historia evolutiva que hasta ahora era inaccesible. A medida que los astrónomos cruzan datos fotométricos y espectroscópicos con resoluciones que antes simplemente no existían, la historia completa de esta galaxia post-fusión comienza a emerger.
Lo que James Dunlop vio en 1826 como una mancha tenue y desconcertante desde una colina australiana se ha convertido, dos siglos después, en un estudio de caso detallado sobre evolución galáctica. Y el Webb apenas está empezando.
Crédito de imagen: NASA, ESA, CSA, STScI. Procesamiento de imagen: Alyssa Pagan (STScI), Joseph DePasquale (STScI), Macarena Garcia Marin (ESA Office at STScI).
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