Hace setenta años, la Tierra tenía un solo satélite: la Luna. Ahora tiene más de 15.000, de los cuales unos 10.000 pertenecen a SpaceX, la empresa de Elon Musk. El primer trillonario del mundo planea lanzar un millón de satélites más, cada uno de aproximadamente 70 metros de largo y 20 metros de ancho, que formarían una megaconstelación de centros de datos.
Pero más satélites significan más basura espacial, que ya amenaza la infraestructura crítica de la que dependemos a diario.
Abordar este problema de manera efectiva requiere trabajar en tres frentes: tecnología, políticas y filosofía.
13 millones de sapos de caña en basura espacial
La basura espacial es todo lo que orbita la Tierra y que no tiene ninguna utilidad. Incluye restos de cohetes, satélites fuera de servicio y averiados, y fragmentos del tamaño de nanopartículas. Hay 36.000 piezas de basura de más de 10 centímetros y decenas de millones de piezas y partículas más pequeñas.
El peso estimado de toda esta basura espacial es de 13.486 toneladas, el equivalente a 13 millones de sapos de caña adultos. Estados Unidos, Rusia (así como la antigua URSS) y China son los principales contribuyentes.
La basura espacial es peligrosa porque orbita a velocidades casi inimaginables: 7 kilómetros por segundo de media en la órbita terrestre baja. Una colisión puede desintegrar un satélite y generar aún más basura espacial.
El peor escenario posible se conoce como síndrome de Kessler. Cada colisión crea basura espacial que choca con otra en una cascada interminable. Esto podría inutilizar regiones de la órbita terrestre, o incluso aislar a la Tierra del espacio.
Los vuelos espaciales tripulados ya se ven amenazados por los desechos que rodean la Tierra. La Estación Espacial Internacional realiza maniobras para evitar colisiones al menos una vez al año.
La solución habitual es dejar que la basura espacial sea arrastrada a la atmósfera, donde se incinera. Por ejemplo, al menos un satélite Starlink se desintegra en la atmósfera cada día.
Pero esto está generando suficiente hollín y partículas de alúmina como para afectar la capa de ozono, que nos protege de la dañina radiación ultravioleta.
Las nuevas tecnologías pueden ayudar
Las soluciones tecnológicas incluyen la eliminación activa de desechos y el diseño estratégico de satélites y misiones.
La eliminación activa de desechos consiste en deshacerse de naves espaciales antiguas lanzándolas a la atmósfera o empujándolas a una órbita de «cementerio» que no sea utilizada por satélites en funcionamiento. Incluso existe una lista de las 50 naves espaciales más peligrosas, principalmente restos de cohetes abandonados.
Las tecnologías de eliminación de desechos incluyen redes, imanes, amarres, velas, hondas y arpones. Muy pocas se han probado con éxito en el espacio.
Los nuevos satélites pueden fabricarse con materiales más duraderos, para que tengan una vida útil más larga, o con materiales desechables, para que puedan usarse y desorbitarse rápidamente.
Japón ha estado probando la madera como material para naves espaciales. Otras opciones incluyen el reabastecimiento de combustible de las naves espaciales para prolongar su vida útil.
Mejores políticas
Las políticas también están cambiando para centrarse más en la eliminación de satélites al final de su vida útil.
El antiguo estándar establecía que las naves espaciales no debían permanecer en sus órbitas de misión originales durante más de 25 años. Ahora son cinco años. La desventaja de esta política es que más naves espaciales se desintegrarán en la atmósfera.
La Agencia Espacial Europea lidera una política de cero desechos, y el Comité Interinstitucional de Coordinación de Desechos emite directrices para la mitigación de desechos. También existe un estándar internacional para la mitigación de desechos espaciales.
Una mejor cooperación internacional podría lograrse mediante la gestión del tráfico espacial. La gestión del tráfico espacial tiene como objetivo establecer «normas de circulación» para evitar la congestión en órbita limitando la generación de desechos, coordinando las actividades orbitales y compartiendo información. Sin embargo, aún no existe un sistema de gestión del tráfico espacial acordado globalmente.
Aun así, los operadores de satélites están empezando a tomarse en serio sus responsabilidades ambientales. Pero, ¿es suficiente?
Repensando el espacio
Las antiguas formas de pensar sobre el espacio no han beneficiado a la humanidad.
Las ideologías que impulsan el problema de la basura espacial son la competencia por el prestigio y los recursos orbitales, y la creencia de que no existen obligaciones morales con el medio ambiente espacial. A menudo, el espacio orbital ni siquiera se considera un medio ambiente, ya que carece de vida.
Estas creencias coinciden con el mundo de los magnates tecnológicos, donde multimillonarios compiten por lanzar megaconstelaciones de satélites. Diversas investigaciones han demostrado que el cuidado del medio ambiente no se percibe como una cualidad masculina.
La Tierra y el espacio ya no son dominios separados. La basura espacial debe gestionarse como un sistema interconectado que trasciende el ámbito planetario, desde el cementerio de naves espaciales en el fondo del océano, a través de la atmósfera, hasta todas las órbitas terrestres y lunares. La superficie lunar también se ve afectada por la basura espacial.
El enfoque de participación compartida para la gestión ambiental del filósofo Val Plumwood ofrece una nueva perspectiva. Proponemos brindar al medio ambiente lo que necesita para prosperar, en lugar de agotarlo hasta el punto del colapso.
Aún no se sabe con certeza si el síndrome de Kessler acabará por aislarnos del espacio. Quizás surjan nuevos mitos e historias en torno a la basura espacial que vemos ardiendo en la atmósfera. Observar el cielo en busca de «meteoritos culturales» se está convirtiendo en parte de la experiencia humana compartida.
Con información de Phys
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